"La muerte es simplemente el precio a pagar para acceder a la miríada de mundos que se encuentran más allá del cuerpo-espíritu del ego, pero la muerte entendida no como una metáfora o un acto simbólico, sino la angustiosa pérdida de todo aquello que sabemos real y verdadero, el espasmo de nuestro último aliento."
Christopher Bache
Tomada del libro La muerte no existe de Stéphane Allix, página 269
"La terapia psicodélica de dosis elevadas es una forma muy diferente de intervención psicodélica. En este dispositivo terapéutico, la consciencia se ve extremadamente amplificada y el objetivo consiste en sumergirse en los niveles psicodinámicos de la consciencia, así como provocar una experiencia de muerte del ego y de trascendencia. Más que tratar problemas personales del sujeto capa por capa, la terapia psicodélica busca inducir en él un estado de éxtasis en el que las fronteras entre el yo y el universo desaparecen, lo que le permite reconectarse a la realidad espiritual y adquirir una nueva perspectiva sobre su propia vida. […] A veces, este protocolo terapéutico se describe como el tratamiento de la “aplastante dosis única”. En el hospital Spring Grove de Baltimore, donde el psiquiatra Stanislav Grof y sus compañeros han trabajado en fase terminal, la terapia psicodélica de dosis elevadas estaba limitada a tres sesiones."
Christopher Bache
Tomada del libro La muerte no existe de Stéphane Allix, página 269
"Las experiencias fuera del cuerpo son especialmente beneficiosas para el desarrollo espiritual individual."
Christopher M. Bache
"Los estados de conciencia más profundos son estados de energía superiores. […] Para tener una experiencia estable en un determinado nivel de realidad, hay que aclimatarse a su energía. […] Al igual que en el alpinismo nos adaptamos a tener menos oxígeno, en la experimentación psicodélica nos adaptamos a una mayor energía, lo que activa procesos de purificación intensos.
Todo lo que vemos y aprendemos en esos estados visionarios es elaborado de manera sutil por aquello que somos en el momento del contacto. Eso no significa que las visiones que experimentamos sean únicamente proyecciones de nuestra psique y que no estemos experimentando algo que realmente existe en el cosmos, sino, más bien, que “todo encuentro visionario es participativo”.
En un trabajo psicodélico profundo, aprendemos cuando “nos convertimos”. Y esto es particularmente cierto cuando trabajamos con dosis elevadas de un psicodélico potente como el LSD. No podemos transportar el yo egoico a las profundidades en las que podría “tener una experiencia” de la manera en la que el mundo funciona allí. Para conocer el universo a esos niveles, debemos “convertirnos” en un ciudadano de esos niveles. Debemos “convertirnos” en los propios niveles. Para ello, nuestro más pequeño sentido de uno mismo debe dejar de ser el continente de nuestra experiencia. Debe morir. Abandonarlo todo es simplemente el precio para acceder a todo lo demás.
Ahí donde la mditación es un camino de autoclarificación que permite a las diferentes capas del espíritu abrirse progresivamente, el camino de la medicina sagrada provoca aperturas de consciencia intensas, pero temporales. Al ampliar nuestra consciencia habitual, el camino de la medicina nos facilita más rápidamente una comunión más profunda con el universo. […] Pero esto puede ser delicado, porque es fácil sobreestimar la durabilidad de estas espectaculares experiencias […] y subestimar el desafío que representa la estabilización de esos estados."
Ahí donde la mditación es un camino de autoclarificación que permite a las diferentes capas del espíritu abrirse progresivamente, el camino de la medicina sagrada provoca aperturas de consciencia intensas, pero temporales. Al ampliar nuestra consciencia habitual, el camino de la medicina nos facilita más rápidamente una comunión más profunda con el universo. […] Pero esto puede ser delicado, porque es fácil sobreestimar la durabilidad de estas espectaculares experiencias […] y subestimar el desafío que representa la estabilización de esos estados."
Chris Bache
Tomada del libro La muerte no existe de Stéphane Allix, página 274